El frío acababa de instaurarse en la cuidad.
Las luces de un blanco amarillento le recordaban a la luz que le regala el Sol a la Luna en esas noches de niebla que inspiran melancolía a quienes les falta una sonrisa acompañada de un abrazo.
Sin embargo, Soledad se esforzaba porque su propia sonrisa fuese a la vez un abrazo y un resquicio de luz que, al igual que la Luna, quitara la niebla de su corazón.
Camino de su casa, recordó una conversación con Lucio en la que él mordía una orquilla de su pelo y ella sentaba junto a él le contemplaba embriagada por el amor que le eclipsaba el alma.
La conservación era la siguiente:
Él dijó: -Sabe a hierro.
Y ella respondió: -Peor sabe el desamor.
En ese momento supo que miles de cosas pasaran por su imaginación pero nunca por su cama y que su capacidad de amar y su elegancia le darán la felicidad y no su amor que nunca le secarán las lágrimas y le regalaran su sonrisa.
El era de una cuidad con mar y ella simplemente, era de Madrid.
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